Actualidad | Artículos | 28 MAR 2015

Mi robot aspirador y yo

La idea de comprar un robot aspirador echó raíces y fue creciendo en mí dado que este ingenio podía resolver un par de inquietudes. Una estaba relacionada con la limpieza doméstica. La otra con los sistemas cognitivos. Finalmente lo hice y el resultado ha sido agridulce.
Robot aspirador roomba
Antonio Orbe

Como persona que vive sola me enfrento un sinfín de tareas domésticas que tengo moderadamente controladas. No me quejo por ello y la simple comparación con tantas mujeres que han sacado adelante sus hogares, como mi madre, me hace ser muy prudente. En todo caso, tengo que trabajar la casa ya que no soy muy partidario de la externalización. Uno de los quehaceres que suelo posponer es la limpieza del suelo. Y cuando la acometo, suele ser superficial. El resultado es que menudas bolas de pelusa crecen debajo de las camas. Estas bolas terminan adquiriendo un tamaño considerable y pequeñas avanzadillas acaban saliendo de debajo de la cama, progresan por el dormitorio, llegan hasta el pasillo y terminan por conquistar mi morada. Finalmente, necesito dedicar una hora para dejar impoluta la casa. Pero el tiempo pasa y pocos días después la pelusa se regenera dando lugar a un nuevo ciclo. Si estás tentado de colocarme algún adjetivo poco agradable, debo recordarte que todos tenemos nuestras cosillas.

 

Seguidor de la serie Breaking Bad, las apariciones en escena del robot aspirador iRumba que Jesse Pinkman tenía en su casa, siempre llamaban mi atención. La idea de un futuro robótico ha estado presente en nuestras mentes en las últimas décadas. Un futuro por cierto en el que casi siempre las promesas se retrasan algunos años. Pero todo esto parece estar cambiando y la inteligencia artificial y la robótica han llegado para quedarse según decimos.

 

iRobot es una empresa creada hace un cuarto de siglo con el afán de llenar el mundo de robots. En estos años han conseguido hacer… ¡un aspirador! El CEO de la compañía parece un poco disgustado. “Si hace 25 años alguien me hubiera preguntado: ¿Creen ustedes que cambiarán la industria de las aspiradoras? hubiera respondido que no.” Sus expectativas eran mucho mayores, pero aparte de las aspiradoras, “el resto es decepcionante”.

 

El caso es que me decidí a comprar un robot. Sin embargo, mi condición social lleva aparejadas limitaciones económicas por lo que no puedo realizar grandes gastos. Aunque no suelo comprar cosas de segunda mano, al pasar por una tienda de objetos usados, entré a echar un vistazo. Y allí estaba esperándome un deslumbrante aspirador por apenas unos eurillos de modo que no me resistí y lo compré. Eso sí, no era un iRumba sino un Samba 365.

 

Apenas llegué a casa intenté jugar con mi robot. Tardó en cargarse 4 horas por lo que mi ansiedad fue en aumento. Trascurrido el tiempo, pude por fin ponerlo en marcha.

 

Las funciones esenciales de un robot aspirador son dos: una mecánica, aspirar, y otra cognitiva, recorrer la casa. Mi robot no hacía bien ninguna de las dos. No hay mucho que decir de la aspiración, pero sí de la cognición. El robot se movía según tres patrones claramente insuficientes: en línea recta, en espiral y en zigzag. Como resultado de ello, pasaba muchas veces por el mismo sitio y había lugares que no exploraba en absoluto. Otros robots incorporan al parecer algoritmos más sofisticados y pueden hacer un mapa de la casa. Tengo el folleto de un flamante Miele que tiene una cámara en la parte superior. Con ella hace un mapa del techo y como se supone que el suelo es simétrico, puede moverse por este cartografiando aquel. Además tiene una base de carga a la que acude cuando se queda sin batería. En la actualidad el folleto del aspirador Miele sirve de posavasos para el café que estoy tomando según escribo.

 

Pasado el entusiasmo inicial pero sin caer aún en la decepción, comenzó a funcionar el segundo sistema cognitivo, o sea yo. A los seres humanos nos gusta pensar que controlamos las cosas y a otros humanos pero que nosotros somos libres y ajenos al control externo. Hay un chiste famoso entre psicólogos. Un experimentador está observando el comportamiento de dos ratas en un cajón. Aprietan una palanca, sale comida, las ratas la comen y el experimentador sonríe muy satisfecho de sus logros. En el chiste una rata le dice a la otra: “Es un fenómeno interesante: cada vez que pulso esta palanca, el investigador sonríe satisfecho". ¿Quién condiciona a quién, el experimentador a las ratas o estas a él? Obviamente todos a todos.

 

De modo que había dos sistemas cognitivos en mi casa, uno simple que no aprendía, el robot, y otro complejo que modificaba su conducta, yo mismo. Durante media hora estuve siguiendo al robot por toda la casa, atento a sus evoluciones. Recorría el pasillo, entraba en una habitación, pasaba por debajo de la cama, entraba en pequeños riñones. Y salía de ellos. De hecho, es lo mejor que hacía: salir de los sitios. Seguía aspirando con poca fuerza y dejando sitios sin limpiar, pero era entretenido como una mascota un poco tonta a la que no hay que sacar a pasear tres veces al día. Dado que sí pasaba por debajo de las camas, las bolas de pelusa eran parcialmente aspiradas siendo el resto de las mismas diseminado por la casa. Como resultado, mi casa estaba cada vez más limpia aunque no lo parecía ya que lo antes oculto ahora estaba a la luz. Después me senté frente al ordenador con la vana intención de trabajar, cosa imposible ya que cada poco me levantaba para saber dónde se encontraba el robot.

 

Llegada la hora, el robot se quedó sin batería y se paró. Era el momento de hacer una preliminar evaluación. Había necesitado cuatro horas en cargarse y había funcionado una hora. La casa estaba más limpia y las camas no guardaban debajo de sí esos desagradables seres que antaño solían. Pero aún quedaba trabajo.

 

Iván Pavlov descubrió tres tipos de aprendizaje trabajando con perros: la habituación, la sensibilización y el condicionamiento clásico. Por ello recibió el Premio Nobel en 1904. El más famoso es el condicionamiento clásico en el que se presentan juntos un estímulo incondicionado, una campana, con un estímulo condicionado, la comida, hasta que se ambos asocian y el perro saliva con la sola presencia de la campana aunque no haya comida. Pero Pavlov descubrió también otros dos aprendizajes no asociativos, la sensibilización y la habituación. En la sensibilización la presencia de un estímulo nocivo como un golpe hace que la respuesta a todos los demás estímulos, como un sonido neutro, se acentúe.

 

El tercer aprendizaje que Pavlov descubrió es la habituación. Cuando un estímulo trivial se presenta repetidamente, la respuesta al estímulo se reduce o desaparece. El animal aprende que el estímulo es irrelevante. La habituación es constante en nuestras vidas, de casi todo nos cansamos y con mucha frecuencia queremos algo sorprendente: “eso ya me lo sé, cuéntame algo nuevo”.

 

Pasadas las preceptivas cuatro horas de carga, puse de nuevo el robot en marcha. Esta vez, ya habituado, fui experimentando con el robot. Lo metía un una habitación y cerraba la puerta. El robot acababa pasando por todos los sitios y la habitación quedaba más limpia. Donde existía una acumulación visible de suciedad, casi siempre en forma de bola de pelusa cercana al zócalo, cortaba el paso del robot con los pies de manera que terminaba por limpiar el lugar. Y así un conjunto de pequeños experimentos que consumieron otra hora de limpieza.

 

En la evaluación final comparé el uso del robot con el desempeño normal, es decir, empleando la escoba y el recogedor. Como apunté arriba, el resultado es agridulce. Normalmente en una hora de uso de la escoba habría dejado la casa casi tan limpia como con el robot, aunque limpiar debajo de las camas es siempre incómodo. El gasto energético hubiera sido cero. Con el robot había usado dos horas suyas y otras dos mías así como ocho horas de carga.

 

Pero no todo es negativo. La casa en efecto está más limpia. Mi Samba 365 y yo nos entendemos mejor y es probable que ya no tenga que seguirle por la casa, no porque él aprenda sino porque yo me habitúe por completo. Además, los visionarios como yo tenemos la obligación de invertir en nuevas tecnologías para que el resto del mundo se beneficie en el futuro. Aunque es obligado reconocer que comprar un robot aspirador de baja gama en una tienda de segunda mano por unos pocos euros no es exactamente una gran inversión ni el que lo hace es precisamente un visionario.

 

Como resumen de la evolución del sistema cognitivo complejo que soy, diré que el entusiasmo dio lugar a la decepción y pensé en devolverlo. Pero finalmente me lo he quedado. He tomado afecto a mi robot.

 

Antonio Orbe

Antonio Orbe

Experto en Computación Cognitiva en IBM. Autor del libro Cerebro y Ordenador. Autor del libro Sobre la Conciencia. Actualmente, es experto en sistemas Power, en IBM. Madrid, España.

 

 

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