Actualidad | Artículos | 30 OCT 2015

La Ciudad Inteligente al servicio de la persona

Para que una Ciudad Inteligente sea eficiente, es necesario que el "elemento vivo", la persona, pueda utilizar y entender este nuevo ecosistema tecnológico.
Alcatel-Lucent integrará sus small cells con el mobiliario urbano desarrollado por la firma de publicidad en exteriores JCDecaux para mejorar la conectividad en las ciudades e impulsar el modelo de Smart Cities.
Juan Carlos Ramiro

“No hay ciudad inteligente si no es accesible”. Esta afirmación, ha sido acuñada por el profesor de la Universidad Carlos III, Miguel Ángel Valero y ahora Director del Centro de Referencia Estatal de Autonomía Personal, miembro del CENTAC y patrono de la Fundación de Tecnología Social (FUNTESO). Realmente, admite pocas discusiones, ya que la ciudad que no tenga a la persona como centro, nunca podríamos conceptuarla como inteligente; se pueden optimizar procesos, generar ahorros y reducir tiempos de gestión, pero si todo en su globalidad no tiene incidencia directa en el bienestar de una población, hablaríamos de entornos urbanos mejor o peor automatizados, pero no inteligentes.

Ahora, cuando estamos en un momento donde se debate tanto sobre la Ciudad Inteligente, cuando se están definiendo y diseñando los distintos modelos de ciudad inteligente, cuando estamos a tiempo de aprender y no caer en antiguos errores de estructuras, debe tenerse en cuenta un concepto muy claro: la única variable común en las ciudades es la persona. La ciudad no es un ente desierto, sin alma ni vida; puesto que el ciudadano es el usuario de la ciudad, es el momento de contemplar la heterogeneidad de los ciudadanos, sus necesidades y limitaciones, sus distintas edades y condicionantes, y diseñar y trabajar en modelos de Ciudad Inteligente donde no haya exclusiones. La tecnología actual lo permite, y la sociedad actual necesita ciudades donde todos los recursos sean accesibles y usables por todos y cada uno de sus integrantes.

Cada diferente área o sector de una ciudad tiene unos efectos y una incidencia en la vida de cada ciudadano; un nuevo diseño, o rediseño en una o varias de estas áreas, necesariamente, genera unas consecuencias en la vida de los mismos como usuarios y receptores de servicios, que debe ser prevista antes de su ejecución. Una deficiente previsión en las consecuencias de introducción de tecnologías (no accesibles para todos) en procesos esenciales en la vida de la ciudad, como en lo relacionado con la movilidad, la relación del ciudadano con sus entornos administrativos o la propia eficiencia energética, podría llegar a ser incluso más discriminatoria y productora de brechas sociales que con procesos tradicionales. No debemos olvidar que las previsiones nos avanzan que en el año 2050 un 70 % de la población mundial vivirá en las ciudades, y realizará todo su ciclo vital en ellas. Ello supone que la complejidad y heterogeneidad de la población en la ciudad se incrementará, al tiempo que es necesario contemplar el envejecimiento de una ciudadanía que está empezando a ser porcentualmente significativa en algunas zonas, entre ellas Europa. Y la discapacidad, o limitaciones, está íntimamente relacionada en muchos casos con la edad. Es por ello que la variedad de tecnologías introducidas en estos nuevos conceptos de Ciudades Inteligentes, deben y pueden ser, ante todo, accesibles y usables por toda la población. Renunciar o no contemplar estos criterios significa crear ciudades no eficientes socialmente, y por ende, no Inteligentes. Quizás más económicas, aparentemente, porque el coste social puede ser elevadísimo, pero no Inteligentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las diferentes y múltiples definiciones y conceptos que podemos encontrar sobre Ciudades Inteligentes abarcan, unas más y otras menos, sectores como la energía, la movilidad, los servicios sanitarios, residuos urbanos, servicios administrativos, las personas (en algunos casos)… De ello deducimos que la definición de Ciudad Inteligente olvida a la persona, o en el mejor de los casos, la pone en un plano igual a cualquier otro factor, o lo confunde con él. Enorme error, la persona, el ciudadano, es el único nexo común en todas las áreas, y el único factor dinámico, vivo, “usuario”. Y como usuario y factor activo, es quien usa la tecnología, se relaciona con la tecnología, interacciona y se “comunica” de manera consciente o inconsciente con la tecnología, y necesita su implementación con criterios de accesibilidad y usabilidad.

La creciente introducción de recursos y servicios basados en nuevas tecnologías en nuestras ciudades no es garantía por sí sola de una mejora en la calidad de vida de las personas, y en asegurar una participación igualitaria como ciudadanos. Nuestras ciudades empiezan a llenarse de comunicación inalámbrica, servicios de información con realidad aumentada, sensores de todo tipo y para toda función, estaciones de servicio “inteligentes”… En muchas ocasiones, es muy clarificador recurrir a ejemplos concretos para reconocer la imperfección de un diseño: si vamos a tener recargadores para nuestros coches eléctricos distribuidos por toda la ciudad, ¿se está pensando en si pueden ser utilizados por todos, personas con movilidad reducida, personas mayores o con problemas de destreza? ¿es el cargador o el sistema de carga manejable y usable por todas las personas?.

No es fácil, pero es posible. Como en cualquier proyecto vinculado a una Ciudad, en la Inteligente se presentan los mismos: Administración, Empresa / Industria (proveedores) y ciudadanos. Y de la buena conjunción entre todas van a salir las nuevas infraestructuras, los nuevos servicios, y la nueva gestión de los mismos. Todas en torno y con tecnologías presentes, emergentes y futuras. Si lo hacemos bien, con criterios de accesibilidad y usabilidad, no sólo crearemos verdaderas Ciudades Inteligentes; también generaremos ahorro, generaremos negocio y generaremos dinamismo económico. La tecnología bien utilizada e implementada, sólo proporciona beneficios.

 
 
Marlon Molina

Juan Carlos Ramiro

Licenciado en Derecho y Máster en Tecnologías de la Información y Comunicación por la UNED. Ha ocupado diversos puestos de responsabilidad en empresas públicas y privadas, destacando su trabajo como Asesor de la Secretaría de Estado, y Director General de políticas sociales en varios ministerios (2004 a 2010). Actualmente, Director de accesibilidad en CENTAC y Vicepresidente de la Fundación de Tecnología Social. Madrid, España.

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